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Hostos: El Apóstol de la Iluminación Nacional

Por Rubén Moreta
-La existencia hoy en la República Dominicana de un sistema educativo que da respuestas a las demandas sociales de formación, tiene sus antecedentes en la impronta hostosiana de finales del siglo XIX.  
Con su discurso promotor de una educación laica, divergente de la ideología religiosa, Don Eugenio María de Hostos potenció una perspectiva humanística liberadora de los sujetos sociales y de la escuela nacional.  El insigne pedagogo dejó muy bien establecido que la escuela es  el epicentro del cambio social de los pueblos, ya que es la formadora del ciudadano del mañana -hombres y mujeres- que serán los responsables de encauzar el destino nacional.
En su cuarta y última estancia en nuestro país, a Hostos le sobrevendrían adversidades por los conflictos y lucha política de los inicios del siglo XX, lo cual fue diezmando su ánimo, enfermando su paz interior y mellando su voluntad, factores que precipitaron su muerte física  el 11 de agosto del 1903, al filo de las once de la noche, con quince minutos.
Su entrañable amigo Federico Henríquez y Carvajal describe con marcado dramatismo y tristeza el fatídico momento de las honras fúnebres del iluminado pedagogo, la tarde del 12 de agosto del 1903:
“La tarde era triste, muy triste.  Llovía.  La lluvia caía como lágrimas del cielo.  El Sol, envuelto en una clámide de nieblas, se hundía en el ocaso como si se extinguiera para siempre.  La tarde era triste, muy triste.  El silencio reinaba en el cementerio…Mudo,  con el mutismo de la Esfinge, el cadáver de fisonomía socrática, yacía en el féretro.  Mudo estaba el séquito bajo la pesadumbre del gran duelo.  Muda la ciudad doliente.  Muda la naturaleza”.
Y es, en ese mismo panegírico, que Don Federico Henríquez y Carvajal pronuncia su célebre frase: “Esta América infeliz, que solo sabe de sus grandes vivos cuando pasan a ser sus grandes muertos”.
El maestro murió de tristeza, de abatimiento, por el infinito dolor de no ver consumado su sueño de libertad de su patria Puerto Rico y de ver como se estropeaba su obra educativa en el país por diatribas políticas intestinas.  
Los médicos que le asistieron en sus últimos momentos Arturo Grullón, Rodolfo Coiscou y el mismo Francisco Henríquez y Carvajal consignaron que  el prócer antillanista había fallecido: “de una afección insignificante a la cual hubiera vencido fácilmente cualquier otro organismo menos debilitado y, sobre todo, menos postrado por el profundo abatimiento moral que minaba hacia algún tiempo la existencia del insigne educador”.
Pedro Henríquez Ureña, quien de joven lo conoció y trató, en torno a la muerte de Hostos, concluyó que: “Hostos murió de enfermedad  brevísima, al parecer ligera.  Murió de asfixia moral”.
Max Henríquez Ureña, hermano de Pedro, sobre la ida del ilustrado apóstol de la educación nacional, señaló: “Eugenio María de Hostos ha muerto!  Ha caído agobiado, vencido por la tristeza y el desencanto, apagada la antorcha de los ideales que amó su alma generosa”.
Sobre la partida de Hostos,  Max Henríquez Ureña también escribió que: “A Hostos lo mató la tristeza, lo mató el dolor del ideal irrealizado”.
La  presencia y fértil magisterio de Eugenio María de Hostos en la Republica Dominicana, reafirma la perenne hermandad de los pueblos Antillanos.

El autor es profesor UASD.

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